Escraches. Crítica a la Democracia y encrucijada de la violencia en la agrupación H.I.J.O.S Argentina
¿Se pueden ligar a un mismo género problemático, los tópicos referidos en el título de este artículo en relación con la forma de protesta social que ha caracterizado a la agrupación HIJOS, es decir, los Escraches? Pese a la extensión de la pregunta, nada más oportuno que el análisis de la cuestión de la lucha por los derechos humanos en la línea de debate que emerge cuando se habla de la Democracia y la violencia implícita en dicha acción; puesto que es alrededor de estos dos tópicos que orbita el esfuerzo por comprender la dinámica que anima el Escrache en función de la denuncia contra la impunidad y la impugnación por la justicia, habida cuenta de la constatación que para los organismos de derechos humanos representa el hecho de ver cómo se han convalidado, desde un Estado que se asume “en Democracia” y en el lapso de mas de 20 años, mecanismos jurídicos permeables al fenómeno de la impunidad. Estamos hablando del conjunto de leyes dictadas durante los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem que pusieron en libertad a los responsables de la tortura y desaparición de opositores políticos a la dictadura de 1976-1983 en Argentina[1].
Los HIJOS de los desaparecidos de la dictadura, una vez saltaron al escenario de la lucha por los derechos humanos desde la reclamación por justicia, innovaron con su herramienta de denuncia los ámbitos comunes a la protesta social que maduró a fines de la década de los 90 hacia, (hablando estrictamente de los movimientos de DDHH) la demanda por la reapertura a los juicios suspendidos desde 1991. Estos organismos ya habían demostrado con creces la acción de denuncia de los delitos de lesa humanidad que pesaban sobre la instancia de gobierno en los años de control del aparato de Estado a manos de la Junta Militar; Las madres de plaza de mayo demostraron gran fortaleza durante el período adverso de su lucha en plena democracia, de desmonte de lo conseguido el primer año de denuncias que elevara la CONADEP y que llevara al “estrado” para su condena a los responsables de las desapariciones[2]. A mediados de los 90 y con ocasión del surgimiento de HIJOS, el panorama de la protesta empieza una abrupta fase de cambio, a raíz de las confesiones de miembros militares de los procedimientos de “desaparición”, de los cuales no hablaremos aquí[3], pero que nos da el punto de arranque reflexivo en torno a la idea de justicia como piedra angular de la lucha de la agrupación HIJOS, de tal suerte que podamos incorporar al concepto de justicia defendido por ellos, su idea de Democracia y el componente “violento” de su acción colectiva, excusada en cierta forma, en el uso mismo de la violencia ejercida durante la dictadura. Todo ello en función de lograr alguna materialidad de su concepción de la “Democracia participativa”, vía el Escrache.
Con suerte lograremos identificar en que niveles teóricos se localiza la re-conceptualización de la Democracia en el discurso de HIJOS, toda vez que el núcleo problemático que identifica las “demandas” de la agrupación, estriba en que mientras el país experimentaba una vuelta al régimen democrático desde 1984, las instituciones que la soportaban, tal el caso del aparato judicial, instalaban la impunidad a merced de las leyes que, presuponía la sociedad civil, iban a defender la justicia sobre la base de las garantías democráticas adquiridas a lo largo de años de repudio al terror esgrimido por los militares en el poder.
Un preámbulo al debate que se trenzó durante las etapas de cohesión de la agrupación, hasta cuando reconsideraron su estatuto como organismo de derechos humanos, aconteció en el plano del uso operativo de denuncia implícito en el Escrache. La carga de violencia concomitante al Escrache, llevó a una serie gradual de reformulaciones en el marco de los congresos anuales pactados por HIJOS desde su constitución[4]. Abordar las torsiones del debate que tendrá lugar en el seno de HIJOS costaría trabajo reducirlas a las pocas páginas con que contamos para ampliar la visión de los tópicos a tratar. No obstante, a propósito de los alcances del Escrache en el ámbito social argentino, tomaremos a manera de cotejo la información mediática, que este debate ha permeado, tanto entre quienes defienden el Escrache en clave radical, y a su turno en clave “moderada”, como quienes lo atacan por considerarlo “antidemocrático” o en su defecto una práctica emulada de las formas mas violentas de los fascismos europeos[5].
El análisis mediático nos muestra un corpus argumentativo de dos rostros cuya raíz es común y toca de cerca el problema de la Justicia en función de cohesionarla, a expensas del procedimiento democrático. Si bien, el Escrache ha trasegado por el escenario político argentino cobrando cada vez mayor preeminencia, por esta misma razón ha concitado fuertes críticas de parte de un sector de la opinión pública ciertamente nutrido. Es de notar que una de las apelaciones mas reiteradas en esta serie de artículos impugnan una ultima ratio que contrasta al Escrache con la mecánica procedimental de la democracia[6]. Con mucho, los ataques que propina la prensa de corte conservador tienen como eje crítico dicha “actitud antidemocrática” justificada con base en aquello a que aludimos arriba: es decir, la contradicción que se tiende entre libertad de disenso y denuncia mediante la acción que caracteriza al Escrache[7].
¿En que se fundan estas acusaciones? ¿De qué manera se ha llevado una discusión interna respecto a esta crítica que proviene de un sector de la sociedad civil? ¿En que lugar de la teoría de la Democracia localizar la argumentación que HIJOS hace del Escrache? ¿Cómo articular los debates sobre la violencia para respondernos sobre el efecto que produce la dinámica de las demandas que este tipo de acción colectiva genera en el ámbito público?
A fin de despejar estos interrogantes que no alcanzan a abarcar el conjunto total de interrogantes surgidos del problema relacionado a la práctica del Escrache, empezaremos considerando un radio cronológico que nos sirva de puente o si se quiere de vaso comunicante al material empírico del que nos serviremos para ir despejando las dudas contenidas en las preguntas anteriores. Más adelante plantearemos posibles respuestas tanto al problema de la Democracia en el Escrache, en primera instancia, como al de la violencia en el mismo, a manera de filón conclusivo de este trabajo.
Los Escraches como desbordamiento de la política tradicional y el problema de la Democracia participativa.
Por un lado encontramos en tanto “lugar de enunciación” un argumento fermentado al interior de HIJOS cuyo núcleo central atañe a la práctica política que se desprende del Escrache: “Los Escraches son una práctica novedosa que afirma un nuevo sentido de la política y de la militancia”[8]. A esta afirmación subyace la idea de la fundación y cohesión de una nueva subjetividad revolucionaria, en virtud de la cual el Escrache como tal constituye un llamado a la lucha basado en la acción transformadora que, mediante canales expresivos de tipo lúdico (propios de la generación que los activa) abogan por una actitud que rompa de raíz el cariz “melancólico” implícito en la pérdida y ausencia de las víctimas de la desaparición[9]. En suma, se trata de una apuesta política que “prolonga” la lucha por la transformación social que se trazaron los “desaparecidos” al calor de su propia lucha. Por otro lado en sus debates pareciera ocurrir un corte que separa los modos de llegar a uno de los aspectos vertebrales en la concepción de la lucha revolucionaria; tal es la Democracia y las formas políticas de ejercerla en términos de poder “representativo” y poder “popular”. La confrontación es la misma para ambos; no así el modo de llegar a la idea de poder popular. Pero algo más interesante es constatar que lo que está en juego es la concepción organizativa del colectivo: si bien, tenemos un proyecto en los 70 que surgió de la idea de conducción organizativa centralizada en la figura del partido, para el caso de la agrupación HIJOS, el concepto de horizontalidad se vio determinado por la visión organizativa intrínseca al grupo. Aun cuando pudiéramos afirmar que una de las razones para que semejantes concepciones divergiera radica en la determinación del contexto histórico en que se desenvolvieron, no haríamos justicia a la esencia de dicha divergencia, fuera porque el contexto de la década de los setenta constituyó un momentum crítico de lo que se dio en llamar “segunda guerra fría”, cuyos protagonistas fueron los países del tercer mundo, o fuera porque al final del siglo XX se impusiera una visión desintegrativa del marxismo y su forma política, es decir el socialismo y el comunismo en tanto último estadio de su desarrollo, pero que mantuvo muy de cerca la idea revolucionaria sobre la base de una revisión de los epígonos mismos del marxismo, donde la apuesta de reconfiguración del “partido de masas” pasaba necesariamente por un proceso de reformulación a la luz del giro gramsciano, frente a la idea de la intelligentsia conducente de la revolución gracias a su iluminado direccionamiento[10].
La clave de las diferencias en la concepción de lucha que valida el discurso de HIJOS frente al de sus padres reside en la postura respecto de la Democracia: no en vano es la huella aciaga de la vida democrática en Argentina la que oscureció tanto el proyecto político perseguido en los 70[11], como la imagen de su reconstitución después de la dictadura. Incluso se instaló como un referente fuerte en el “universo simbólico”
–en palabras de Castoriadis[12]- de la sociedad argentina. La vida “en Democracia” ha hecho parte de un horizonte de expectativas e ilusiones rotas para la población del país.
Por ende, es alrededor de este concepto que podemos aproximar la lente de análisis y elucidar al tiempo los engranajes que ponen en movimiento al Escrache.
Si para los militantes de los años 70 hubo un proyecto revolucionario que abrevaba en los textos de un Lenin, o un Trotsky, o un Mao Tse Tung, los debates sobre la Democracia bajo el proceso de rearticulación de una sociedad subsumida en un escenario político atravesado por sucesivas dictaduras militares, muy seguramente la idea (considerando la línea ideológica de organizaciones como ERP o FAR) de la extinción del Estado y con él la Democracia, llevaba hacia la institución del socialismo en tanto forma de gobierno pasible de conseguir los objetivos transformadores sobre una sociedad desigual. Las tácticas de lucha calcaban de manera palmaria los componentes centrales de las propuestas de movilización de masas que dictaminara Lenin en su libro “El Estado y La revolución”[13]. Como quiera que el contexto de maduración de la lucha sindical en Argentina se encontrara asociada a la vertiente ideológica de la movilización, estas teorizaciones lograron cierta fuerza en el seno de algunas organizaciones de trabajo en el país. Fueron años en los que tuvo lugar un escenario de protestas fogosas entre las cuales cabe recordar el Cordobazo como parte-aguas del proceso de reapertura del juego político electoral suspendido durante la dictadura de Onganía y que llevará al horizonte de expectativas político que con la llegada de Perón al país, galvanizará un proceso democrático propicio como estrategia de acción de las organizaciones insurgentes al igual que para la recién constituida fuerza política del peronismo: Montoneros. Semejantes cambios sobre la arena política propiciarán una renovación positiva en el ámbito del debate público y de la consecución de los programas de acción revolucionaria inherentes a estas organizaciones.
El desarrollo de dicho proceso no pudo tener un peor desenlace. Sin adentrarnos a especificar estos momentos de declive que desembocarán en el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, cabe recalcar que una vez más el clima de confrontación política, junto a la operación de exterminio de las guerrillas terminó con una nueva medida de “orden” autoritario.
Si tomamos en cuenta que el Proceso de Reorganización Nacional toda vez que puso en marcha un proyecto social restrictivo de las libertades civiles, de la misma forma que un proyecto económico de apertura y desmonte de la política económica de protección a la industria interna entre otras medidas, pergeñó en su seno la persecución y desaparición ordenada desde la oficialidad de todos aquellos individuos pertenecientes a organizaciones políticas de oposición en su mayoría de izquierda, sobre la base de la defensa y preservación de un sistema de valores tradicional que a juicio de la Junta Militar se veía amenazado por la penetración de una ideología contraria a estos preceptos. Todas estas medidas autoritarias marcarán a fuego el período a lo largo del cual irá galvanizando en la sociedad civil el deseo de retorno a la Democracia cuyo catalizador tendrá lugar con ocasión del fracaso de la empresa bélica durante la guerra de las Malvinas. Para entonces el afán “democrático” clamado por la sociedad argentina tendrá su momentum definitivo con la vuelta a elecciones, una vez cayera el gobierno de los militares. Al cabo de la década “pérdida” que coincidió con la crisis de la deuda externa en todo el sub continente, el país experimentó una serie de etapas de consolidación de las demandas por los derechos humanos adelantadas sobre la base de varias coyunturas donde a la justicia, vuelta de nuevo a sus causes, le correspondía juzgar las acciones estatales que habían dejado una profunda huella de dolor en la memoria social argentina. La demanda manifiesta llevó al presidente electo democráticamente, a acelerar los juicios a los responsables de la tortura y desaparición de opositores políticos del régimen. Con todo, podemos advertir que presiones institucionales y extra-institucionales condujeron al socavamiento de dichas medidas cuyos fautores podemos identificar en el marco de los organismos de DD HH junto a la CONADEP[14]. Conforme se fue afianzando la Democracia durante el gobierno subsiguiente, los procesos judiciales contra miembros del estamento militar atravesaron la inflexión esperada debido a las presiones de los mismos militares resumidas en un par de intentos fallidos de golpe de estado, ciertamente blindados ante la manifestación masiva de la sociedad civil en defensa de la Democracia. Aún así se consolidó una acción de anulación de los juicios mediante operaciones de ley conocidas mas tarde como “leyes de impunidad”.
Es de notar que este breve y sucinto panorama al que nos podemos referir como el exordio socio-histórico del papel simbólico de la Democracia en Argentina, con mucho se encuentra incompleto; la indagación crítica alrededor del problema demanda mayor profundidad. Sin embargo huelga tomar de este paisaje un tanto parcial, parte de los elementos teóricos que cruzan el debate por la Democracia en las agrupaciones que a mediados de los 90 surgieron en respuesta a los cambios estructurales a nivel socioeconómico que la administración Menem implementó en sus dos mandatos[15].
HIJOS se encuentra en la misma esfera de agrupaciones movilizadas que saltaron a la escena social de la protesta en los 90. Las discusiones internas inauguraron un perfil crítico de la Democracia vivida en Argentina; desde el primer encuentro nacional el problema organizativo se constituyó en un punto acuciante de análisis. Las torsiones de la organización partidista y el declive de los conflictos enmarcados en el problema de las clases sociales llevaron a reconsiderar posturas fuertemente inclinadas sobre un tipo de organización asamblearia estructurada horizontalmente, cuya prescindencia de mecanismos de votación puso en entredicho, al interior de la constitución orgánica de la agrupación, la “trampa” representativa[16]. Otro tanto aconteció desde el comienzo de su trabajo, con el núcleo de las demandas por justicia. La democracia representativa inherente en sus principios al pensamiento político liberal, estaba en descrédito merced al revés que había sufrido la dinámica de demandas al aparato jurídico, impulsada bajo la égida de los primeros organismos de derechos humanos, tales como las madres y los familiares de desaparecidos. La garantía de una reclamación por justicia, vía los canales de apelación a la instancia jurídica, demostraba crecientemente que las estrategias de presión extrainstitucional a través de la movilización propalada por dichos organismos, debían tomar una orientación crítica radical a la impunidad resultante de las leyes emitidas a comienzos de la década de los 90. Sin mucho esfuerzo y casi por acción extensiva de la lucha ya cohesionada de los organismos mencionados, HIJOS puso en el centro de su propia lucha, el problema de la justicia. Este punto capital en su proyecto en tanto organismo de derechos humanos, lentamente fue tomando dos direcciones:
Por una parte la adhesión al espíritu de los organismos que fungían como matriz de HIJOS, desde donde apelaron por la garantía de los derechos humanos partiendo del descontento de la situación social del país, los llevó a entablar una crítica social cuyos límites desbordaron el marco de las demandas por “aparición con vida” comunes al conjunto de organismos integrados en bloque. Por otra parte surgió de su mismo epicentro un proyecto de mayor envergadura, en cuyo trasfondo emergió una consolidada voluntad de acción que optó por resaltar el ideario político de los desaparecidos poniendo en duda los valores democráticos que ostentaba engañosamente la sociedad argentina. Es en este punto que podríamos identificar un fermento desde el cual va modelándose el Escrache como forma genuina de acción colectiva, que tiene entre sus objetivos la justicia y a su vez la denuncia de los mecanismos falaces de administración equitativa de la misma. Esta acción se transformó en el caldo de cultivo para la movilización. Si los canales formales de administración de justicia escudados bajo la forma política democrática funcionan como responsables de impunidad y desigualdad (por contra los principios sobre los que se proyecta la visión positiva de los derechos humanos) en menester apelar a la justicia popular en sintonía con una vindicación moral que presione socialmente por la justicia real y la igualdad social. El Escrache cuestiona mediante su llamado a la justicia directa, el principio normativo de la Democracia basado en la justicia como equidad (siguiendo la fórmula Rawlsiana, de la pluralidad de “doctrinas filosóficas comprensivas”, en función de la justicia en tanto equidad[17]). Tal cuestionamiento parte de la confirmación de la persistencia de una desigualdad y una administración inequitativa de la justicia presente en una sociedad definida por sus principios liberales. La solución, o por lo menos, el camino destinado a enmendar ese estado de cosas apunta a redefinir los mecanismos intrínsecos de la Democracia; de tal suerte que la apelación a un tipo de Democracia que prescinda de la representación política de las mayorías, hace perentorio transitar a “otro” escenario donde las mayorías participen de la construcción “real” de la justicia como equidad. Se sigue de esta formulación que la primera etapa de un proceso de tal magnitud acontece en el campo de la protesta social, para lo cual la herramienta práctica de HIJOS estribó en el Escrache y le confirió cualidades que fueron más allá de la simple demanda por castigo a los culpables de la tortura y desaparición durante la dictadura. A riesgo de incurrir en imprecisiones teóricas podríamos considerar en un sentido deontológico el Escrache dentro de la fórmula que discrimina Pierre Rosanvallon en su análisis sobre las metamorfosis de la Democracia en una sociedad donde la desconfianza dicta las reglas de su propia transformación[18].
Los engranajes de la demanda moral implícitos en la acción característica del Escrache nos hablan de un esfuerzo por inaugurar lo que Rosanvallon denomina “soberanía social negativa”, resultado de un itinerario continuo del poder de control y de obstrucción que la sociedad civil inflige sobre la Democracia de mandato a fin de contrapuntear al Estado sus esperanzas y objetivos[19]. Acto seguido Rosanvallon continúa afirmando que estos dispositivos ubicados en el reverso de los formulados por Foucault, es decir desde el control del poder por la sociedad[20], constituyen. “sanciones de obstrucción que producen resultados y que son realmente tangibles y visibles”[21]. Tomado el caso del Escrache (que refuerza el componente “moral” ligeramente ignorado en la exposición teórica de Rosanvallon) notamos cómo una vez derogadas las leyes de impunidad a partir del mandato de E. Kirchner, esta suerte de “contrademocracia” a expensas de su misma dinámica estructurante, apoyada en la desconfianza y el poder de control a manos de los organismos de derechos humanos, hizo visible la necesidad de reapertura a los procesos suspendidos y relanzó a la esfera pública el problema de la impunidad. Este logro ni mas ni menos fue posible gracias a la continua presión que el Escrache irrigó sobre el cuerpo institucional jurídico repercutiendo en decisiones estatales de gran trascendencia.
Podemos sugerir que la trayectoria de los grupos sociales que abanderaban la defensa de los derechos humanos y la aplicación de justicia, tuvo su recompensa a partir de 2004. Por esta vía también podemos sugerir que en la actualidad uno de los principios democráticos mas descollantes de la sociedad argentina se cohesionó gracias a la relación intrínseca mantenida entre la emergencia de las demandas por los derechos humanos y la consolidación de nuevas formas de protesta por parte de los nuevos movimientos sociales, una vez instalada la Democracia. Por ende, el hilo conductor histórico de la Democracia en Argentina, pasa a través de la eclosión de los derechos humanos como fenómeno reivindicativo contra la represión autoritaria de la última dictadura y se manifiesta activamente por intermedio de la protesta social renovada que arranca en los 80 y se potencia en los 90[22]. En este orden de ideas no nos resulta descabellado considerar el Escrache como una práctica condensadora de los elementos presentes en la formación de la cultura política argentina, particularmente en su imbricación con la Democracia.
No cabe duda que la anterior afirmación podría mover a la réplica académica o a lo sumo a su refutación rotunda; sin embargo la forma de conexión genealógica que defendemos, parte del hecho de que la vida democrática en Argentina post 80s, no puede entenderse por fuera de la presencia de la protesta social y la defensa por los derechos humanos; de tal suerte que al escudriñar los resortes internos que dan cuenta del surgimiento de los Escraches (así como las diferentes formas de acción colectiva que fueron germinando en el preocupante panorama de desempleo que resultó de la transformación estructural productiva mientras fue presidente Carlos Menem), nos vimos en la tarea de anudar la Democracia al proceso de consolidación de la identidad[23] y la formación de un proyecto político en la agrupación HIJOS. Se sigue entonces que el horizonte democrático hace parte de la matriz de la acción colectiva de HIJOS, cuyo cuerpo lo constituye también la lucha por la identidad y contra la impunidad, como bien lo reza la sigla que les da su nombre.
Mas tarde otros grupos como Quebracho, Correpi, La grieta, Mesa de Escrache Popular, El Ojo Mocho, Surcos, entre otros, efectuarán el Escrache como forma de denuncia, amén del debate que al interior mismo de estas agrupaciones convocan los métodos de movilización en su componente violento, cosa que discutiremos mas abajo. El Escrache pasará a convertirse en una modalidad recurrente, efectuada por muy variopintos sectores de la sociedad. Incluso se va deslizando sobre la esfera pública, invadiendo múltiples e inusitados espacios de socialización, al punto de generar fuertes revisiones de sus móviles entre las agrupaciones que lo defienden como herramienta de denuncia privativa de la lucha por la justicia social en general. Esta forma de consumo del Escrache nos hace pensar en el fenómeno que se reproduce en el cuerpo social a partir de la circulación “simbólica” de la palabra. Y es justamente el producto de semejante circulación el que ha comportado sobre el Escrache una re-significación acabadamente decisiva de sus prácticas. Otro aspecto que se debe resaltar consiste en la relación entre la palabra y la idea de violencia que ésta contiene para el imaginario social. Si bien su raíz, tal como lo afirmamos en la nota 7 de este ensayo, proviene del lunfardo y alude a una acción de burla o de desprecio a una persona fea, nos da una pista de los lazos que se tienden entre la palabra, la práctica y la violencia que la comporta.
En suma, sostenemos aquí que la Democracia y el Escrache pueden verse como dos dimensiones que han trasegado su propia mutación, a través del régimen discursivo característico de la cultura política argentina. La primera como una dimensión resultante de la inclusión de los derechos humanos en la arena pública en la década de los 80, bajo la enseña de los nuevos movimientos sociales mediante sus acciones, y la segunda como el espacio agencial en cuyo interior se mezclaron con rotunda determinación elementos inherentes a la lucha por la justicia que derivan de un discurso donde la Democracia (sea vista como apropiada o desapropiada de acuerdo a la posición de las agrupaciones) juega un papel medular.
El problema de la Violencia en los Escraches. En pos de la Justicia Popular.
La idea central que aquí se desglosará, como en una mesa de disección, apunta a mirar qué pasa cuando en la difusión del Escrache hacia las prácticas sociales cotidianas, intervienen elementos problemáticos como la percepción de la violencia entre quienes observan su ocurrencia. ¿Cómo hacerlo? Metodológicamente bastaría con estructurar a partir de una pesquisa meticulosa el proceso de creación y consolidación del Escrache como forma de acción de un colectivo específico: H.I.J.O.S. De allí abarcar la progresiva inserción de esta forma en otros colectivos y contrastarlo con la opinión que generan los medios masivos de comunicación de acuerdo con su impacto. El inconveniente que de inmediato se desprende de este método consiste en eclipsar la pregunta que le subyace: ¿Bajo qué derroteros se propaga el Escrache, de una lucha contra la impunidad, en términos estrictamente judiciales, hacia una lucha anti-represiva, como la que abanderan agrupaciones como Quebracho o Correpi? Incluso cabría preguntarse ¿cómo se desliza dicha modalidad hacia una demanda por la justa distribución de recursos sociales? Esta pregunta estimula de tajo una aguda reflexión sobre las formas como es trasmitido el Escrache en su práctica y en la relación que teje con otras modalidades de acción colectiva en un campo común: el escenario público de la protesta. El Escrache como realidad relacional de la protesta social[24] convoca otro par de interrogantes que amplían la mesa de disección, a saber: ¿Sobre qué base de sentido se mueve el Escrache, cuál es su motor? y ¿a que apunta su práctica en el campo de las conquistas sociales? En el marco de estas preguntas aparece el problema de la violencia como un eje transversal a la práctica como tal.
A ojos vista queda claro que cada interrogante suscita nuevos problemas para los cuales este espacio resulta insuficiente a la hora de intentar respuestas. No obstante, y para al menos “tomar por los cuernos” uno de ellos y trazar un modesto itinerario de sus debates, así como llevarlo a su propio devenir, cabría pensar el problema de la violencia en el Escrache en dos niveles: a) los canales de irrigación de la práctica en el cuerpo social de la protesta (grupos demandantes) y b) La percepción de los medios. Con respecto a este segundo nivel, se intentará centrar la atención en la opinión mediática sobre el uso de la violencia en tanto estrategia de acción. Si revisamos la opinión periodística respecto a los problemas mas acuciantes que está viviendo la sociedad argentina en los últimos dos años, haciendo particular referencia al conflicto con el campo en cuanto a políticas fiscales relativas a las exportaciones y la liberación de precios que tuvo su auge desde 2008, notamos que los diarios que representan a la derecha del país, y con ocasión de algunas acciones de piqueteros y organizaciones campesinas cuyo móvil de protesta fue interpretado como “Escrache”, escribieron sendas críticas a la forma en que estos sectores protestaron ante personas involucradas en las políticas agrarias del momento. Así mismo en el escenario de recrudecimiento de la violencia común, los reclamos por seguridad ligados a los proyectos de ley que prescribían cárcel a menores de edad levantaron el debate sobre las formas de acción colectiva “violentas” al decir de los columnistas ocupados en reflexionar sobre el papel actual del Escrache en el ámbito público: “los Escraches son actitudes que resultan absolutamente repudiables dentro de un régimen de democracia”[25]. De tenor similar tendrán lugar opiniones expresadas por periodistas de notorio reconocimiento nacional como, por poner el caso mas conspicuo, Mariano Grondona, para quien el Escrache es una agresión física que no llega a ser cruenta contra aquellas personas a las cuales sus agresores procuran menoscabar simbólicamente delante de la sociedad, pero que en todo caso comporta por su acción, “una forma de acción directa reñida con la democracia”[26]. Si hipotéticamente quisiéramos elaborar un análisis cuantitativo de la frecuencia con que estas columnas de opinión apelan a la relación Escrache/Democracia/violencia, el resultado nos daría un panorama inequívoco del vínculo que se subtiende entre estos conceptos.
De lo anteriormente discutido podemos ponderar algunos elementos: En principio tenemos que el Escrache es consumido en el terreno de la opinión pública (restringida a los medios informativos en este ensayo) como una forma de acción que obedece a prácticas en cuya naturaleza reside la violencia, simbólica y/o real, como su rasgo activo; También se considera éste como un móvil propiciado por individuos y grupos que no están ubicados propiamente en una orilla ideológica determinada sino que hace las veces de “demanda” (en los términos en que esta palabra es utilizada por E. Laclau[27]) a su vez que en cuanto práctica social asume el lugar de un “significante vacío”[28], toda vez que una serie de grupos que podrían antagonizar en lo que respecta a sus posturas ideológicas, se movilizan a través de las acciones que caracterizan en parte al Escrache. En todo caso es por intermedio de esta práctica como los individuos involucrados ejercen una acción considerada en su interior como “justa”, como acción de justicia que se desprende de la insatisfacción frente a las acciones judiciales de castigo a culpables de delitos o de injusticias de tipo social. El motor interno actúa en la misma lógica de los medios legítimos (el derecho a la protesta) para fines justos (acción de justicia) que comparten tanto la versión naturalista como positiva del derecho (extrapolando la crítica de Benjamín a la violencia[29]), solo que en este caso se ejerce desde abajo es decir como una micro política de resistencia al modelo de justicia democrático, que al decir de la prensa es evidente que los medios del escrache no son legítimos[30]. Veamos una crítica al Escrache escrita por Rogelio Alanis, periodista santafesino:
“El escrache es una actitud patoteril, puesto que invocando causas ‘justas’ se actúa al límite del delito. La patota y el patotero son dos versiones canallas de la vida cotidiana. El escrache es lo mismo que la patota con la sutil diferencia de que los patoteros en este caso se justifican invocando una razón política. El patotero y el escrachador no son diferentes en lo que importa, es decir en el ejercicio de la violencia alevosa y cobarde. Lo que distingue a uno de otro es la retórica disfrazada de ideología[31]”
No es en absoluto necesario discurrir más allá de su exposición, sobre el sentido de la cita anterior. Lo que se muestra a ojos vista es una postura donde la crítica a la violencia que comporta el Escrache radica en una comparación frente a la violencia implementada por los militares durante la dictadura. Lo que impresiona de la cita es que no está asociada a la famosa crítica de la violencia que se debatió a la luz de la teoría de los dos demonios, en virtud de la cual al terror insurgente se opuso el terror de Estado. La crítica que eleva este periodista pone en la misma coordenada al Escrache con el delito y para completar su justificación considera ideológica la acción en cuanto razón política ligando así las intervenciones pasadas de lo que se conocía como “Patota”, con las demandas insertas en el Escrache equiparando a los agentes de la represión con los que hacen el Escrache. De algún modo pareciera desplazarse con otros atavíos la teoría de los dos demonios al campo de la acción colectiva de los Escraches:
“El patotero supone que sus acciones no tienen nada que ver con la política; el escrachador se justifica a sí mismo invocando argumentos políticos que transformarían un acto cobarde y miserable en una causa justa. Desde el punto de vista estrictamente político, el escrachador es más peligroso que el patotero porque uno viola el Código Penal mientras el otro viola la convivencia social[32]”
Fijémonos en la última afirmación de esta cita. El autor defiende la idea de que subsiste una mayor falta en la violación a la convivencia social que al código penal admitiendo con ello los medios llevados a cabo por la represión así como los que caracterizan a los escrachadores. El argumento se mueve sin pretenderlo en un plano comprensivo de la discusión que establece Benjamin en su crítica a la violencia con la diferencia que el autor subraya el carácter político de unos y, diríamos, no-político de los otros. Lo curioso es que aquí se evalúan los móviles de la policía como formas menos degeneradas de la violencia a cambio de atribuírselas a la violación de la convivencia social sobre la base de la defensa democrática. De ahí que podamos sugerir que la violencia patoteril propia de las fuerzas armadas en la dictadura partió de la idea de un Estado de excepción que, ligado a la acción “soberana” que confirió sobre la junta militar los poderes excepcionales investidos a causa del caos político en que estaba sumido el gobierno derrocado, propaló y permitió a su vez el ejercicio de detención y desaparición a que acudieron estos grupos bajo las órdenes del gobierno militar[33]. Cabe subrayar que nuestro ejemplo en nada se asimila a la acusación de violación de la convivencia social que impugna Alanis a los Escraches. Sin embargo cabe considerar la raíz del problema. Ésta tiene que ver directamente con los fundamentos de la vida democrática que estos críticos se ocupan de resaltar en cuyo seno los fenómenos violentos encarnan la antítesis de la forma en cuanto tal. Es a causa de las reglas democráticas como se endilga sobre el Escrache una acusación de uso indebido de la violencia: “Los Escraches, provengan de donde sea, son una metodología propia del fascismo que nada tiene que ver con la democracia[34]”. La Democracia por tanto se depura del elemento violento y en consecuencia el Escrache por sus connotaciones de violencia implícita, para estos críticos, termina en la trasgresión de los procedimientos inherentes a ella.
Veamos ahora el sentido moral de la condena que propugna el escrache en su accionar para bascular estos aspectos que hemos tocado aquí. Desde la óptica de sus agentes, los canales de transmisión de una especie de “condena moral” son leídos desde varias posturas, tanto endógenas como exógenas. Las agrupaciones como Quebracho absorben la mecánica del Escrache endosándole a ella la esencia de un proceso revolucionario en tanto en cuanto devenir aún actual de una forma de lucha. Así que su lectura no descuida de ningún modo la apelación a la violencia en la medida que ella, a través de la práctica de la acción colectiva, determina la puesta en escena de un proceso dialéctico orientado a la “disputa por la hegemonía del poder”, sea por medio de un primer estadio de choque que catalice con creces los sueños de la generación del 70 que ellos dignifican a través de su lucha[35]. La postura de agrupaciones aglutinadas en torno al colectivo situaciones, tales como La grieta, Mesa de Escrache Popular, El Ojo Mocho, e HIJOS, sugieren respecto a este punto una postura que se ubica en el cruce oscilatorio entre la no adscripción de la lógica de la negociación propia de la democracia representativa y de las formas de acción colectiva relacionadas con el mundo sindical y la intervención de la justicia como acción directa de la comunidad que percibe eventos donde la impunidad se hace inaceptable, pero el proceso de irrupción comporta un énfasis en los artefactos lúdicos, más que en la provocación violenta[36].
La resignificación de la violencia en términos de los derechos humanos a que apunta la opción “moderada” del Escrache, la cual busca separar acciones directas de ataque a los individuos y los lugares asociados a la raíz de la injusticia que se denuncia, nos permite hacer alusión a la crítica que sobre el debate del estado de excepción hace Zizek en uno de sus libros[37]. La alusión que emprendemos parte de una mirada aproximativa al debate que nos sirve como reflexión únicamente bajo la égida de la interpretación que hace Zizek: al admitir como arriba señalamos que el estado de excepción consiste en la suspensión del imperio de la ley en nombre de la ley misma, este dictamen permite aislar la relación medios/fines subyacente al uso de la violencia en el derecho. Si seguimos los argumentos replicativos de Benjamin para quien el estado de excepción confirma el salto hacia un estado normalizado donde el uso de la violencia legitima el poder soberano, tenemos que con ocasión de nuestro caso, la impugnación a la violencia simbólica del Escrache podría tomarse como un ejemplo de violencia “pura” en los términos de Benjamin[38]. La crítica va dirigida a la democracia. La pretensión liberadora de la impunidad funge como un tipo de violencia revolucionaria que estaría denunciando los mecanismos perversos de la violencia legitimada desde el Estado por medio de una suerte de apelación a la memoria de las víctimas de dicha aplicación “excepcional” de la violencia a través de la tortura y la desaparición. La plataforma es la Democracia y solo ella en este caso actúa como garante de dichas denuncias pero que al tiempo se pone como la gran talanquera hacia la consecución de justicia sin escapar del ámbito que instaura esta forma de gobierno. Dos puntas encontradas en el mismo problema. Zizek hace lo propio intentando suponer un procedimiento que consistiera en suplementar las formas de violencia presentes en el debate Schmitt-Benjamin, con relación a la violencia criminal “contra la cual reaccionaría la violencia que mantiene la ley[39]”. La pregunta es ¿Cómo demostrar que el escrache cuando pone en escena su acción violenta no incurre en violencia criminal? Una pregunta que se piensa desde el lugar de enunciación de sus críticos, fuera del cual no tendría sentido, ya que si bien la clave de esta digresión que hacemos reside en que por un lado quienes hacen el Escrache se ven movidos por un proyecto de lucha que deriva en muchas de sus perspectivas del proyecto revolucionario de los desaparecidos y en este orden de ideas podríamos nominar la violencia del escrache como violencia pura en tanto que para los críticos a ella no es más que violencia criminal dedicada a atacar la propiedad y ejercer vandalismo:
“El “escrache” es un método detestable (imaginado hace casi 70 años por el nazismo para identificar a sus enemigos) que se ha instalado cómodamente en la vida pública del país. Ninguna voz oficial condenó nunca, o lo hizo tardía y forzadamente, cuando los “Escraches” afectaban a los adversarios del Gobierno. Por ejemplo D’elia empezó con los “Escraches” de claro cuño kirchnerista cuando fue enviado a boicotear las estaciones de servicio de las petroleras Shell y Esso. Nunca pagó por el copamiento y la destrucción de una comisaría. Ahora, D´Elía ha puesto al Gobierno en la obligación de aclarar que no apaña expresiones antisemitas”[40].
Nótese otro de los artículos escritos por Daniel Muchnik, destacado periodista del diario El Clarín, donde es clara la alusión de violencia de carácter criminal que reclaman estos críticos:
“Una de las formas de expresión violenta casi cotidiana en la Argentina es “el Escrache”, palabra que en las dos orillas del Río -Mar Dulce- se usa para describir una manifestación que ubica y agrede de palabra o con la acción a determinada/s persona/s. Tan violentos suelen ser que para la Real Academia -como cita una nota del diario Clarín- “el Escrache” (escrachar) es sinónimo de “romper, destruir, aplastar”[41].
¿Dónde está ubicada la fuente de esta percepción social del carácter violento del Escrache, ya que la enunciación de los grupos que lo efectúan cuenta con la idea de que los componentes lúdicos se superponen a las estrategias de choque directo, y que éstas pueden surgir en la medida en que las reacciones represivas se impongan según una lógica de fuerzas en tensión?[42]. Vamos a sostener por tanto – y para finalizar nuestra reflexión- que una de las puntas argumentativas del carácter violento del Escrache esta asociada umbilicalmente al problema de la Justicia popular, o sea al tipo de justicia “por mano propia” que se nos antoja vincular con el fenómeno de linchamientos muy común en países como México, Ecuador, Bolivia, y Guatemala, particularmente entre población indígena[43]. De hecho no se puede establecer correlación entre las dos, pero lo que aquí toma relevancia estriba en la impugnación criminal y antidemocrática del Escrache. La conclusión de Muchnik apunta a unir en un mismo hilo los Escraches con una peligrosa “enfermedad colectiva”[44]. De este diagnóstico podemos inferir que el problema se desplaza a la esfera del foro público que abre la Democracia representativa, con lo cual, el Escrache pasa a considerarse un problema de disfunción de los mecanismos de deliberación sobre el bien común y la justicia en la sociedad. Es el correlato activista a un tipo de deliberación democrática que no admiten los primeros por el hecho de que en ella pesa con mayor fuerza las ventajas estructurales y el poder de decisión de las élites[45].
Al interior de Hijos por ejemplo, el debate pone sobre el crisol de los disensos, el uso de la violencia directa, el grado o nivel de consenso que legitime el Escrache –en el cruce crítico que para estas agrupaciones suscita la Democracia representativa- y el móvil político que lo anima. Sin duda uno de los más álgidos tópicos de disputa dialéctica en el contexto de la construcción de sentido de los Escraches consiste en la evaluación sobre las posibilidades de circunscribirlo a la órbita de la lucha por la justicia. En este orden de ideas cabe resaltar cómo en el seno del colectivo Situaciones gravita la idea de pensar la injusticia más allá de las leyes de impunidad. Por tanto, el Escrache supera para éstas el marco de la acción que reclama cárcel común a los represores para saltar al ámbito de la injusticia social que deriva de la disposición del proyecto económico alentado por los sucesores (en Democracia) de la dictadura[46]. El movimiento como hemos visto vuelve desde afuera hacia sus creadores.
El colectivo Situaciones en los múltiples desdoblamientos, con ocasión de los debates que allí tienen lugar, no descuida una alusión directa al horizonte del uso de la violencia que comportaron los primeros Escraches cuyo rasgo clave es que para ellos correspondieron a los Escraches bautizados al interior de HIJOS como aquellos que mayor atención de los medios de comunicación obtuvieron y a través de los cuales se desarrolló la oportunidad de pensar un movimiento social de vanguardia que tendría por fin ir más allá de la lógica de la defensa de los derechos humanos a plantear una propuesta política de mayor radicalidad. De allí que una de las instancias más problemáticas tengan que ver con el rótulo atribuido de la agrupación en tanto colectivo: como organismo peculiar de derechos humanos o como organización política cuyo móvil de protesta descansa en el Escrache entendido como forma y/o como práctica política[47]. Esto último lo hemos subrayado arriba. Pero, ¿se debe esta visión al resultado que deriva del uso de los medios y la problematización del “medio” a través del cual se pone la impunidad bajo la luz inquisidora de una justicia vacua? Aquí se sostiene de las reflexiones con fuentes de difusión pública que, conforme los Escraches pasaron de un período mediático a una profundización silenciosa en los barrios donde se guarecían los responsables de la represión, el nivel de violencia que transpiraba la acción colectiva sufrió cambios definitivos en el paisaje relacional a la que esta modalidad obedecía[48]. Esta “cotidianización redujo el peso de catadura violenta del Escrache, naturalizándose al interior de la comunidad a su vez que determinó un viraje en la idea misma del uso de la violencia aun cuando prorrumpió a favor de una opinión desfavorable al Escrache. ¿Gracias a qué? Aquí cabe preguntarse por la coyuntura de la crisis de 2001 que dejó ver el desborde de las acciones anárquicas –según algunos- de la protesta social que sobrevino entonces.
Entre el 2003 y la actualidad los Escraches se han irrigado en la sociedad civil como modalidades de protesta que bajo la derogación de las leyes de impunidad dictaminadas durante el gobierno de los Kichner, han conseguido sustraer todos los factores disfuncionales respecto a los conductos democráticos que en principio habían animado un debate de rechazo. Sin embargo, por acción de los problemas de seguridad que desde hace unos años se han elevado como problemas acuciantes para los gobiernos provinciales, tales manifestaciones de repudio muchas veces se aprovecharon en función del cubrimiento mediático cuyo rasgo básico ha sido una lectura mórbida de acciones de protesta contra ese amplio espectro que podría llamarse “justicia social”.
Diego Fernando Ortiz Vallejo
———-NOTAS———-
[1] Como quiera que la bibliografía respecto a este tópico resulta inabordable en una nota al pie, bástenos presentar al lector una selección de textos que la tocan de manera general: para el análisis genealógico de la dictadura militar Vicente Palermo y Carlos Novaro, La dictadura militar. 1976-1983. Buenos Aires, Paidós, 2003. 673. A propósito de la emergencia de nuevas formas de protesta y un cambio en las dinámicas de los movimientos sociales, es de interesante consulta, Elizabeth Jelin, Los nuevos movimientos sociales. Buenos Aires, CEAL, 1985. 2 v. En términos estrictamente teóricos de la democracia experimentada durante los gobiernos de Alfonsín y Menem puede consultarse el libro de Gerardo Aboy Carlés, Las dos fronteras de la democracia argentina : La reformulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem. Rosario, Sapiens, 2001. 330 p. Desde una óptica que aquí nos importa sobradamente y que relaciona la democracia y la protesta social resulta estimulante y sucinta la consulta de, Javier Auyero. La protesta : Retratos de la beligerancia popular en la Argentina democrática. Buenos Aires, Libros del Rojas, 2002. 86 p.
[2] El caso de la lucha de Madres de Plaza de mayo ha permitido ingente cantidad de investigaciones, de las cuales podemos resaltar por una fuerte precisión en cuanto al legado de este organismo de DD.HH, en función de la protesta social, el artículo de Bárbara Sutton, “Poner el Cuerpo: Women’s Embodiment and Political Resistance in Argentina”. Latin American Politics & Society. Vol 49 No 3, 2007. 129-162. De igual factura puede considerarse el artículo: Fernando Bosco. “The madres de Plaza de Mayo and three decades of Human Rights’ activism. Embededness, emotions, and social movements. Vol. 96 No 2, 2006. 342-365. La elección de este “flanco” de estudio de las madres, atañe como se deducirá del ensayo, a la prelación que damos al ámbito de la ación colectiva por los derechos humanos, cuyos epígonos fueron sin duda el movimiento de madres en Argentina. En términos de los primeros estudios al respecto véase el ya famoso aunque desactualizado análisis de Jean Pierre Bousquet. Las locas de la Plaza de Mayo. Buenos Aires. El Cid, 1983. 192 p.
[3] Véase al respecto el muy conocido reportaje de Horacio Verbitsky. El vuelo. Buenos Aires, Planeta, 1995. 205 p.
[4] A efectos de contrastar las primeras posturas de cara al ejercicio de la violencia en los Escraches como componente operativo de la acción colectiva de HIJOS, existe un fuerte debate que mezcla con mucho posturas de tipo político dentro del espectro de la izquierda en Argentina en general y de la agrupación como tal, en particular; estos debates que han surgido en el contexto de los congresos nacionales anuales puede consultarse no completamente aunque en gran parte en la pagina de HIJOS http://www.hijos-capital.org.ar/
[5] A fin de abrir el abanico de opiniones que circulan en torno a este punto que constituye el eje heurístico del presente ensayo, consultamos propiamente los debates mas recientes en la prensa nacional y las revistas que se ocuparon de visibilizarlo, así como medios de difusión electrónica como blogs, páginas independientes, etc. A resultas de esta pesquisa podemos enumerar las fuentes siguientes: Página 12, La Nación, las páginas oficiales de la Web correspondientes a la agrupación Quebracho, Correpi, HIJOS regionales Córdoba, Capital, y Rosario, como muestra de los miembros que cuentan con mejores recursos hipermediales entre la agrupación en general. El debate sostenido por HIJOS La Plata y las demás regionales (con excepción a la regional Oeste) será un punto medular de análisis ya que conjuga divergencias de adhesión política y razones de fondo en relación con las visiones sobre Democracia y Justicia social, sin contar (por razones temáticas) con las diferencias ligadas a la pertenencia misma de la agrupación como tal. Todos estos debates fueron circunscritos a la coyuntura más actual. Por tanto la investigación toma en cuenta artículos de opinión que se remontan al año 2008 y 2009 a propósito de los 10 años posteriores al año que fuera declarado “el año de los Escraches”.
[6] La idea de mecánica procedimental convencional de la democracia alude a la libertad que confiere esta “forma” política a los individuos en términos de garantías de asociación y expresión cuyo fin apunta a evitar cualquier malversación de la voluntad popular. A pesar de cierta interpretación rígidamente “liberal” de la democracia, puede consultarse para una comprensión global del carácter procedimental, así como el “sustancial” (la forma, soberanía popular) el texto de Alain Touraine, ¿Qué es la Democracia? . Buenos Aires, FCE, 2001. 309 p.
[7] El Escrache según la definición convencional de sus creadores, H.I.J.O.S, es una acción cuyo fin apunta a poner en evidencia a los represores y lugares de tortura de la dictadura argentina de 1976-1983. A través del uso del arte visual, el teatro, el panfleto y acciones de escarnio público de tipo oral mediante la puesta en escena de múltiples recursos, HIJOS y más tarde otros grupos, instalarán el Escrache como una práctica que apunta a mantener activo en el recuerdo colectivo la afrenta de la justicia impartida por el Estado, denunciando la presencia impune de los represores en libertad que conviven ocultos en el anonimato de la cotidianidad. Existe una modesta literatura que aborda la noción de Escrache, casi siempre basada en la definición que se atribuye la agrupación. La más importante y quizá más atenta a desarrollar el tema es Pablo Bonaldi, “Si no hay justicia hay Escrache”. El repudio moral como forma de protesta”. Apuntes de investigación Nº. 11; Buenos Aires, Octubre, 2006. Cabe resaltar también, Hugo Vezzetti. “Activismos de la memoria: el ‘Escrache‘ “, Punto de Vista, 62, Diciembre, 1998.22-49. Este artículo constituye quizá el primer análisis atento al carácter militante del Escrache y a su potencial innovador en un contexto de crecimiento de éstos, justo en el año designado por los medios, como el de los Escraches. Véase también Diana Taylor. ”You Are Here”: The DNA of Performance,” TDR, Vol 46, no. 1 (Spring 2002): 120-150. S. Kaiser, “Escraches: demonstrations, communication and political memory in post-dictatorial Argentina,” Media, Culture & Society 24, no. 4 (2002): 478-499, S. Kaiser, To punish or to forgive? Young citizens’ attitudes on impunity and accountability in contemporary Argentina, “Journal of Human Rights” 4, No 2 (2005): 171-196. De un abordaje menos extenso, aunque bastante cuidadoso en la referencia del trasfondo de la acción que comporta el Escrache se encuentra, Ludmila Da Silva Catela, No habrá flores en la tumba del pasado, (La Plata: Al Margen, 2001), 262-275. En el campo de la relación subtendida entre la Protesta social y los Escraches, véase especialmente, Raúl Zibechi. Genealogía de la revuelta. Argentina la sociedad en movimiento. (Montevideo: Nordan eds, 2003), 244, en especial capítulo 2. Por otro lado, existen tres ensayos publicados en la revista ‘’HIJOS’’ relativos al Escrache: el primero es de marzo de 2000 titulado ‘’Si no hay justicia hay escrache’’ el segundo, ‘’Escrache, el regreso’’ del mismo número de marzo de 2000 y el tercero, ‘’Pensar el Escrache’’ de agosto de 2001. Cabe resaltar como contraparte de una bibliografía escasa, tres ensayos publicados a través de Internet, ‘’La Historia de HIJOS’’ www.hemisphericinstitute.org/cuaderno, el segundo, ‘’Escrache móvil/opinión personal’’, www.hemisphericinstitute.org/cuaderno/hijos y el último trabajo que está elaborado como texto académico, tanto en un esfuerzo sintético de balance de las tesis expuestas por autores como S. Kaiser, D. Taylor y H. Vezzetti, como en la interpretación del Escrache desde el punto de vista ético: Diego Benegas. The escrache is an invention on collective ethics”. La definición etimológica del Escrache proviene de una alocución propia del lunfardo que significa poner en evidencia, escudriñar. Consultado en, http://www.nacionesunidas.com/diccionarios/argentina.htm. La definición de Escrache por HIJOS está publicada en www.hijoscapital.org.ar.
[8] Colectivo Situaciones, Especial de Escrache. La Plata, Ediciones de Mano en Mano, 2000. S/P.
[9] Cabe anotar en este punto relativo a la condición de pérdida y ausencia en los procesos de duelo intrínsecos al concepto de “trauma social”, que existe un análisis importante a propósito del tema en Dominick La Capra. Escribir la historia, escribir el trauma. Buenos Aires. Nueva Visión, 2005. 221 p. Véase especialmente cap 3.
[10] Sin duda el tema por su amplitud requiere de referencias generales, en términos de segundas fuentes puesto que con base en el pensamiento gramsciano, consideramos de tácita comprensión el texto de los “Cuadernos de la Cárcel”. La corriente teórica ligada en torno al “contrapoder” resulta de interesante consulta: John Halloway. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Buenos Aires. Universidad de Puebla. 2002. 319 p. No está demás incluir en esta nota las importantes reformulaciones de E. Laclau y Chantal Mouffe al respecto: véase, E. Laclau y Ch. Mouffe. Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Buenos Aires, CFE, 2004 (2ª ed). 245 p.
[11] Importantes consideraciones a esta dificultad política de la democracia en Argentina pueden leerse en dos textos conclusivos del problema: Marcelo Cavarozzi. Autoritarismo y democracia (1955-1996): la transición del Estado al mercado en la Argentina. Buenos Aires, Ariel, 1997. 260 p. Hugo Quiroga. El tiempo del proceso Conflictos y coincidencias entre políticos y militares, 1976-1983. Rosario, Homo Sapiens, 2003. 365 p. Éste último se ocupa de subrayar el carácter inclusivo de la institución militar en los asuntos políticos del Estado que ante crisis permanentes a nivel societal impuso una “soberanía” de corte Schimttiano, capaz de interrumpir cualquier proceso de consolidación democrática, a cambio de una perspectiva “ordenancista” pensada como obstáculo al libre desarrollo del juego político partidista. Pp. 68-80.
[12] Para esclarecimiento del planteo teórico según el cual la constitución del universo simbólico de un grupo social comprende un “magma de significations imaginaires sociales, comme une trame extrêmement complexe de significations qui impregnent orientent et dirigent la vie de la société et des individus” véase, Cornelius Castoriadis. Domaines de l’homme. Le carrefours du labyrinthe. Paris, Seuil, 1986 203p. Pp 150-153.
[13] V.I. Lenin. El Estado y la Revolución. Pekín, Ediciones en Lenguas extranjeras, 1974. 154 p. Véase especialmente sobre las tesis que propone Lenin a propósito de la Democracia pp. 100-105.
[14] La literatura al respecto es bastante numerosa. Sin embargo podemos sugerir la lectura de Emilio Crenzel. Historia política del Nunca Más. Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. 245 p. En cuyo contenido se discute de manera extraordinaria el trayecto político y el juego de intereses que rodearon aquel proceso de investigación y difusión pública de los métodos de desaparición utilizados por la dictadura.
[15] Véase como ejemplos que remiten a mayor número de fuentes asociadas con el problema de las nuevas formas de protesta social desde los 90 a la actualidad: Norma Giarraca. La protesta social en Argentina. Transformaciones económicas y crisis social en el interior del país. Buenos Aires, Alianza editores. 2001. 378 pp. Maristela Svampa. La sociedad excluyente: Argentina bajo el signo del neoliberalismo. Buenos Aires, Taurus, 2006. 346 pp. Graciela Di Marco et al. Movimientos sociales en la Argentina : Asambleas: la politización de la sociedad civil. Buenos Aires, UNSAM, 2003. 263 pp.
[16] Un análisis interesante sobre los debates internos en el proceso de conformación de HIJOS, exclusivo de la regional La Plata esta consignado en la tesis de Maestría de Santiago Cueto Rúa. Nacimos en su lucha, viven en la nuestra. Identidad, justicia y memoria en la agrupación HIJOS-La Plata. Tesis de maestría en Historia y Memoria. UNLP, Comisión Provincial por la Memoria, La Plata, 2009. pdf.
[17] Véase la introducción al libro, John Rawls. Liberalismo político. México, UNAM, 1996. 359 p. De hecho la concepción de “justicia como equidad” corresponde a la primera reflexión de Rawls en J. Rawls. Teoría de la justicia. México, FCE, 1979. 624 p. En “liberalismo político” Rawls desdice una visión ideal de la justicia como equidad simplemente apoyada en el consenso resultante de una sociedad democrática bien ordenada, tal como lo afirmara en “Teoría de la justicia”. Para Rawls la justicia como equidad dependerá propiamente de una, “filosofía liberal comprensiva de la vida” donde los individuos aprueben una visión de la naturaleza y del bien común que se funde en la libre elección y la independencia, con lo cual pareciera que el argumento no hubiera sufrido importantes alteraciones. Un análisis comparativo de los dos textos es el de Joshua Cohen. “A more democratic liberalism”. Michigan Law Review. Vol. 92 No 6, May 1994. 1503-1546.
[18] Cf. Pierre Rosanvallon. La Contrademocracia. La política en la era de la desconfianza. Buenos Aires, Manantial, 2007. 320 p.
[19] Rosanvallon, La contrademocracia… p. 31.
[20] Rosanvallon, La contrademocracia… p. 47 (énfasis del autor)
[21] Rosanvallon, La contrademocracia… p. 32
[22] Quizás la más escueta síntesis de esta hipótesis se pueda leer en Elizabeth Jelin. “Los derechos humanos y la memoria de la violencia política y la represión”. Cuadernos del IDES. No. 2, (oct, 2003)
[23] No se encuentra en el radio de nuestras preocupaciones analíticas el muy importante problema de la Identidad en HIJOS y de la forma como emerge al interior de los Escraches. No obstante las investigaciones alrededor de este tema son muchas, entre las cuales cabe resaltar dos libros, Ludmila Da Silva Catela. No habrá Flores…Véase la introducción donde la autora elabora una muy clara exposición del problema de la Identidad transversal al texto, y las páginas 262-277 dedicadas al Escrache. También, Santiago Cueto. Nacimos en su lucha…Caps. 3 y 4 , pp. 36-92.
[24] Considerar el escrache como un producto de la relación social que cobra silueta en los 90 en Argentina, implica adherir a la idea de Bourdieu de mirar desde una filosofía renovada de corte relacional los fenómenos de la realidad social que en palabras de Bourdieu, “se opone, muy directamente a las rutinas del pensamiento habitual (o semi científico) del mundo social, que se ocupa más de realidades sustanciales, individuos, grupos, etc, que de realidades objetivas que no se pueden mostrar ni tocar con la mano y que hay que conquistar, elaborar y validar a través de la labor científica. P. Bourdieu. Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Anagrama, 2007 (4ª edición) 232 pp. Véase el prefacio.
[25] Opinión de Alejandro Rossi, (jefe de bancada del frente para la victoria, prov San Luis) tomado de http://lanotadigital.com.ar
[26]Mariano Grondona. La Nacion, 4 de febrero de 2009. “Opinión”
[27] El uso de la palabra en tanto categoría de análisis es tratada por Laclau en el texto: E. Laclau. La razón populista. Buenos aires, FCE, 2008 (3º reimpresión). 312 p. El propósito que lleva al autor a nominar con el término a los grupos sociales apunta a escindir para un mejor estudio a los grupos en unidades menores como “demandas”. La idea es reforzar el poder unificador de esta unidad de análisis mostrando cómo el grupo deriva de una articulación de demandas. Véase particularmente el prefacio al libro.
[28] Hacemos alusión de nuevo al Texto de Laclau, La razón…pp. 91-161. Evidentemente no hacemos específica distinción de los Escraches por la justicia propios de HIJOS. Importa aquí la reverberación del significante Escrache en otras dimensiones de la lucha por la justicia “social” correspondiente a un abanico amplio de demandas. Lo que nos interesa es medir la opinión que elabora la prensa al respecto sin precisión del verdadero sentido que a los Escraches atribuye la agrupación que los fundó.
[29] Véase, Walter Benjamín. Conceptos de Filosofía de la Historia. La Plata, Terramar, 2007. 214 p. en especial pp. 113-138
[30] El caso de un Escrache convocado por HIJOS La Plata es ilustrativo: Se pretendía escarchar a un individuo involucrado en los grupos de tareas que actuaron en La Plata. El escrachado con anticipación solicitó un pedido de acción de amparo que fue negado por improcedente, aun cuando tiempo después se intentó implementar un pedido de ley donde la policía tenía fuero de dilatar y demorar a infractores por escándalo. El inciso C de este proyecto de ley incluía subrepticiamente los Escraches. Véase Ludmila Da silva. No habra flores…p. 268.
[31] Rogelio Alanis. “Agrupación peronista repudia el Escrache a Hall”. http://lanotadigital.com.ar
[32] Rogelio Alanis. “Agrupación…” http://lanotadigital.com.ar
[33] Con ocasión de la teoría política relativa a la violencia a partir del análisis del concepto de “Estado de excepción” sobre el cual fluye el conocido debate entre K. Schmitt y W. Benjamín sugerimos la lectura de H. Bredekamp, M. Torson, J. Bond. “From Walter Benjamin to Carl Schmitt, via Thomas Hobbes”. Critical Inquiry, Vol. 25 No 2. (Winter 1999). 247-266.
[34] Opinión pág. http://www.impulsobaires.com.ar sin autor reconocido.
[35] Véase el artículo “Nuestra concepción de la política antirrepresiva” : http://www.quebracho.org.ar
[36] Debate Situaciones op, cit. Páginas centrales. El texto no se encuentra numerado.
[37] Slavoj Zizek. Violencia en acto. Conferencias en Buenos Aires. Buenos Aires, Paidós, 2003. 240 p. Dicha crítica es consignada en pp. 130-132.
[38] W. Benjamín. Conceptos de filosofía…pp. 118-121.
[39] Zizek. Violencia… p. 131.
[40] Joaquin Morales Solá. Artículo escraches. La Nación, 4 de frebrero de 2009.
[41] Sección blog “Detrás del telón” http://weblogs.clarin.com P. 2.
[42] Colectivo Situaciones… “El Escrache”.
[43] Carlos M. Vilas, Carlos Mendoza y Edelberto Torres-Rivas (eds). ¿Linchamientos, barbarie o justicia popular? Guatemala, FLACSO, 2003. 329 p.
[44] Muchnik, P.4
[45] Respecto a los desafíos de los grupos activistas a la democracia deliberativa, véase una valiosa síntesis en I. M. Young. “Challenges to deliberative Democracy”. Political Theory. Vol. 29, No 5 (oct 2001), pp. 607-690.
[46] Colectivo situaciones “Consenso y dictadura”.
[47] Colectivo situaciones, “El escrache”
[48] Se concuerda con la idea de ver el plano relacional de la acción que implica el Escrache. Este tipo de constatación toma en cuenta la importancia que HIJOS y las demás organizaciones que lo utilizan como móvil de acción, tiene la participación, además del repudio comunitario a los represores. La cotidianidad del represor se ve acechada. Por ende en el plano de la cotidianidad en cuanto práctica de a diario toma la forma de una acoso vegetativo. “que Argentina sea toda su cárcel” reza una de las arengas de los grupos –en especial HIJOS- contra los represores de la dictadura.





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