“La otra campana del Nunca Más”.
Consideraciones generales sobre el discurso de la derecha militar en Argentina, a propósito de una réplica al informe “Nunca Más”
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Consideraciones preliminares
El tema que me propongo rastrear a través de la fuente elegida, trata de la visión e instrumentación del espectro discursivo del terrorismo de Estado en Argentina, al interior del estamento militar y en función de su presencia pública en tanto argumento de rendición de cuentas frente a los actos en y durante la última dictadura. Desde este punto cabe dar cuenta de la forma como se re-significa la comprensión del papel de la derecha en el contexto de la lucha política por la memoria social de los 70 a lo largo de la década del 90. Con base en el análisis del texto escrito por el ex comisario general de la Provincia de Buenos Aires, Miguel O. Etchecolatz, me quiero plantear algunas preguntas subsidiarias al tema, a fin de localizar problemas claves relacionados con la reproducción del argumento justificatorio del terrorismo de Estado, por parte de un integrante de las fuerzas militares recientemente condenado por la justicia nacional (septiembre 19 de 2006) a instancias de las derogaciones a las leyes de indulto promulgadas durante el gobierno de Menem.
La estructura del texto en su conjunto permite localizar las piezas esenciales de un pensamiento derivado de aquellas justificaciones militares más convencionales que llevaron a la dictadura. Aun cuando como su nombre lo indica, el texto se organiza con arreglo a un orden que pretende demostrar por la vía de inconsistencias legales y planes de montaje, la infamia general que constituyó el informe de la CONADEP conocido como “Nunca Más”. En su desarrollo hace énfasis con mayor preocupación en el problema de la justificación per se de las acciones militares de tortura y desaparición. Su título es: “La otra campana del Nunca Más”. Allí se puede ver en términos generales una serie de argumentaciones apoyadas en tablas estadísticas que registran los atentados generados por las organizaciones subversivas en los años de la dictadura, al igual que la presentación de juicios donde el autor revela evidencias de montajes por miembros de la CONADEP que favorecían testigos, inventaban casos, formulaban acusaciones falsas, etc, contra los miembros de las fuerzas armadas. Todo ello con el fin de respaldar el planteo macro del texto, el cual muestra cómo la amenaza de la subversión determinó la exigencia de las fuerzas armadas de proteger a la sociedad argentina; en consecuencia el proceso de juicio que dictaminó el primer gobierno democrático, constituirá para el autor del texto una afrenta aleve, un gran equívoco que se cernió tristemente contra miembros leales a la patria, a sus costumbres y a su moral, seriamente en peligro debido a la ideología comunista que pregonaban las organizaciones subversivas.
La pregunta central que se desprende de este argumento toma en cuenta dos dimensiones del uso del discurso que esgrimió desde un comienzo el cuerpo militar para justificar la represión que llevó al proceso de desaparición de personas (gran parte de las cuales eran miembros de grupos opositores a la dictadura, de variadas adhesiones, fueran éstas sindicatos, organizaciones políticas y estudiantiles de izquierda): por un lado la idea de amenaza al orden moral propagado específicamente entre los grupos juveniles pertenecientes al movimiento universitario, cuya desviación socavaba los cimientos morales alcanzados bajo el orden familiar cristiano, y por otro lado la idea de librar una guerra en el sentido convencional de la palabra, para lo cual el texto incorpora “suficientes pruebas”. Esto me permite partir del análisis del papel instrumental de un discurso de derecha que se activa en el plano de la recepción de argumentos de sentido común a fin de lograr penetración pública en el ámbito de la sociedad civil. Apelando a recursos de orden, con mucho, constitutivos de una idea del orden social transversal a la historia de las relaciones de las fuerzas armadas y el Estado argentino, pretendo ver los modos en que fluye y refluye en el espacio del contexto político argentino estas luchas interpretativas del período, prestando particular atención al uso del reservorio ideológico de la derecha en la preservación de la opción autoritaria como modelo viable al gobierno del país, desde entonces, hasta la actualidad, concentrada en la identidad autoridad=orden.
El texto de Etchecolatz, servirá por tanto como muestra microscópica de un dilema que concernía a la persona del comisario en su intento por evadir las razones fuertes de su detención encarando su propia defensa, y para mostrar el uso particular que a estos efectos permitían los argumentos ensayados por las fuerzas militares en el escenario político. Por tanto, la tarea esencial del ensayo consistirá en indagar la fuente en busca de su estructura argumental habida cuenta del motivo y el contexto en que fue escrita, en aras de ubicar en el plano del debate público, tanto la defensa de la represión militar como la recepción popular del concepto de “orden” que esta fuente (entre otras muchas) sugiere. De hecho cabe advertir que el examen de dicha recepción comprendería un trabajo mucho más riguroso y extenso, cosa que rebasa los límites del análisis a continuación desarrollado, no obstante la invitación a propender por una vía de investigación como esta.
Como queda claro arriba, este ensayo se preguntará por la utilización discursiva en el texto de Etchecolatz, de la idea de orden en el cruce sociológico de su contexto de producción (finales de la década de los 90, justo en la época de las denuncias a Pinochet expedidas por el juez Baltasar Garzón) que interroga a su vez la situación frente al orden político del período de la administración menemista, toda vez que el proceso de transición estructural de la economía argentina se encontraba en su fase más álgida y la irrupción de movimientos de protesta se hizo, con mucho, bastante evidente.
La lectura crítica del texto de Etchecolatz, arrojó dos certidumbres de partida, que servirán como derroteros de abordaje:
a) Que la estructura del texto está desarrollada como un informe exhaustivo de los errores del informe oficial de la Comisión de Desaparición de Personas y por consiguiente un error de interpretación histórica del papel de los militares durante la dictadura de 1976-1983. Su forma argumental fuerte parte de una presentación biográfica del autor que refuerza su pertenencia popular y justifica su compromiso nacional en función del orden social deseado, y para ello devela la verdadera intención de la Comisión de Desaparición (CONADEP), de enlodar la misión que encarnaba el estamento militar como defensor de la nación ante la amenaza de incursión del comunismo en Argentina. Amenaza que por lógica afectaba la estructura organizativa de la nación, basada en el orden cristiano y la obediencia a los preceptos morales de la patria.
b) Que los contornos estructurales del discurso de Etchecolatz, dejan ver notoriamente el esquema convencional de los argumentos militares de cara a la represión en tanto forma de operatividad a fin de alcanzar ese “orden amenazado”. Esta segunda conclusión surge de los pasajes en que Etchecolatz describe sus opiniones menos informadas….más personales. Constituyen la parte testimonial del texto, a manera de “memorias”. La primera apelación de Etchecolatz es testimonial, intentando conferir a sus palabras su autoridad presencial. Su protagonismo coyuntural. Por obvias razones aquí hay que tener cuidado con las declaraciones del autor, dado que su versión atraviesa de cabo a rabo sus posiciones, aun cuando sirvan como síntoma de la forma como es consumido entre sus subalternos o si se quiere, la opinión de antiguos miembros que para entonces reflexionan por fuera del estamento, aun cuando encarne aspectos del discurso concertado de dicha institución, que para la época que aquí analizo, se encuentra en el ojo de la crítica pública, en particular debido al descrédito en el debate que ha cobrado la teoría de los dos demonios sobre la cual los militares habían querido apoyarse como argumento justificatorio de última ratio[1].
El resultado de estas certidumbres relanza uno de los objetivos que me propongo afrontar en este ensayo: identificar el debate de la memoria en Argentina en un contexto donde la memoria que se asociaría mecánicamente a la derecha se encuentra en el “subterráneo” del protagonismo público. La pregunta fundamental, atañe al papel de la memoria pública de la derecha argentina en un contexto de desventaja, en contraste con un proceso histórico de acumulación neoliberal para la década de los 90 bastante influyente.
Prolegómenos de la “Otra campana del Nunca Más”
Miguel Osvaldo Etchecolatz, director de Investigaciones de la policía bonaerense durante la última dictadura, podría decirse representa una aguda síntesis de la relación tensionante que se tiende entre el aparato de justicia y los organismos de derechos humanos a lo largo de las varias causas que se esgrimieron desde 1998 hasta 2004 contra sus acciones delictivas durante el tiempo en que ofició en su cargo. Síntesis en el sentido en que Etchecolatz es el primer condenado por los crímenes de lesa humanidad tras la derogación de las leyes de punto final, obediencia debida e indulto, que lo habían desprocesado y puesto en libertad, por resolución de la corte suprema de justicia en 1988.
El argumento ensayado en el párrafo anterior brinda el punto de arranque de las condiciones en que fue escrito este texto con el que su autor intentó reforzar su postura ideológica frente a las acusaciones que la sociedad argentina descargó contra la institución militar a lo largo de las dos décadas posteriores al desarrollo del proceso de reorganización nacional, en cuyo cuerpo operativo estuvo involucrado Miguel Etchecolatz, a cargo no solo de la dirección de investigaciones, sino de los Centros Clandestinos de Detención y Tortura, conocidos como “Pozo Banfield”, “Pozo Quilmes” y la División de Cuatrerismo de La Plata[2]. Pero es a mediados de la década de los 90 cuando las declaraciones del General Martín Balza y el capitán de corbeta Adolfo Scilingo, desencadenan una ola de indignación en el país, y como podría suponerse, generaron también un clima de incomodidad al interior del estamento militar[3].
Etchecolatz, habiendo solicitado su retiro desde 1979, va a intervenir aunque soterradamente en el escenario polémico que despertarán varios acontecimientos entre los cuales están los dos intentos golpistas de los carapintadas en 1987 y 1990[4]. A lo largo de la década en cuestión, Etchecolatz enfrentará acusaciones sobre apropiación de bebés por el caso de Carmen Sanz, que lo llevarán a la cárcel durante 6 años. En el marco de estas convulsivas inclusiones del personaje en los acontecimientos densos de formación de la memoria de la dictadura en Argentina, para 1997 y después de ser entrevistado por Mario Grondona en el programa televisivo “Hora Clave” junto al diputado Alfredo Bravo, Etchecolatz presentará púbicamente el texto “La otra campana del Nunca Más”. En él reunió una serie de argumentos en los que intentó mostrar por un lado las razones vinculadas con la defensa de la sociedad ante la amenaza de la acción subversiva y por otro pruebas irrefutables de lo que para el autor constituyó el escenario de lucha por la preservación de los principios que sostenían la Nación Argentina: Es decir, el hecho de que el proceso de desaparición y tortura del que se le acusa, estaba inserto en un contexto de guerra contra un ejército irregular pero organizado.
Los elementos que he mencionado hasta ahora informan sobre las presunciones que le sirven a Etchecolatz para entresacar de estos argumentos el grueso explicativo a nivel ideológico de lo que él considera la razón última que motivó el proceso. De hecho la literatura referente al período de la última dictadura en Argentina por su vastedad no me permite organizar una síntesis sumaria de las hipótesis que rodean este período, aun cuando podría empezar por fijar una dimensión explicativa que me sirve para enmarcar las opiniones del autor, en torno a la idea de una sociedad enferma sobre la que hay que operar a partir de determinaciones tajantes, a través de metáforas de carácter quirúrgico que apuntalan a volver sobre el orden social amenazado de muerte. Y es de este reservorio discursivo donde la presentación de los argumentos de Etchecolatz consigue la silueta de un pensamiento que define, con todas las alteraciones que corresponden a un cuadro subalterno retirado de las fuerzas armadas, la ideología de derecha que caracterizó y caracteriza a la institución militar en Argentina.
Siendo, este el objetivo central del ensayo, marca el punto inicial de partida para referir la constitución estructural del texto y sobretodo la puerta para distinguir algunos principios “fuertes” sobre los que el autor funda sus argumentos en una coyuntura que pone de manifiesto la ruptura del pacto de silencio acordado por los miembros de las fuerzas armadas. El contexto no puede ser mejor para Etchecolatz. La metáfora quirúrgica está matizada con una apelación constante al orden moral que apoyado en la religión acude a la opinión para reforzar la idea de que la “guerra” antisubversiva estaba fijada como un acto de defensa de los principios religiosos sobre los cuales se levantaba “el templo de la Nación”[5].
Los argumentos de Etchecolatz en clave contextual
El primer argumento “duro” que Etchecolatz afila en función de demostrar la legitimidad de la guerra librada contra la subversión, coincide con la explicación generalizada de los altos mandos militares en su momento, en virtud de la cual se accionó como resultado de un decreto constitucional emitido por el gobierno de I. Perón a través de la conocida “Operación Independencia” antes del golpe, es decir en 1975, la cual estaba pensada como una campaña militar de choque contra los focos de guerrilla rural del ERP en la región de Tucumán.
Después de un prólogo escueto en el que narra sus años de infancia en la población de Azul en la provincia de Buenos Aires, el autor se ocupa a lo largo de 4 capítulos de demostrar por qué se trató de una guerra que respondía al llamado de auxilio constitucional en aras de la defensa que la institución debía levantar contra lo que en el curso de estos capítulos llamará Etchecolatz, “Conspiración internacional del terrorismo”. Resulta curioso notar una frecuencia constante de esta alusión, reforzada con la idea de la preservación de la salud de la nación contra “los insectos foráneos”:
“No luchamos para quitar vidas, sino para desterrar un mal que quería someterla a la opresión (la nación), para desechar una implementación ideológica hamás (sic) aceptada por los argentinos o una sutil intención de desvirtuar nuestra identidad cristiana. Porque no nos gusta la intromisión de insectos foráneos”[6].
Para tomar en cuenta esta forma de reiteración orgánica de la Nación que para el momento de la acción militar se encontraba en peligro de desmembramiento y muerte subsecuente, el autor del texto repetirá con cierta asiduidad, un esquema comprensivo de la relación Nación-Órgano, bastante cara a la imagen religiosa de corte pre moderno proveniente de aquel sustrato antiguo del pensamiento suarista del siglo XVII y que con ciertas modificaciones ha constituido un régimen discursivo provisto de marcadas continuidades. Para definir la patria Etchecolatz dirá: “Mi patria, tiene vida, su cuerpo tiene vida, late, produce, puede llegar a envejecer aunque hamás (sic) morir. Es una realidad”[7].
Con base en metáforas como la anterior cabe decir que empieza una meticulosa organización del discurso en el texto que apunta a desbrozar el camino hacia la concepción de Orden que refrenda Etchecolatz, tomando como guía orientadora la exposición ideológica de la derecha desde la óptica militar, merced a unos claros ribetes nacionalistas sobre los cuales se funda su pensamiento al decir de gran parte de los académicos especializados en el tema, en particular la fórmula que aventura Sandra McGee Deutsch a partir del análisis sobre los Nacionalismos desarrollado por David Rock[8]. La idea de Orden aquí es medular por cuanto viaja paralelamente con el papel, en los asuntos del Estado de los militares en el curso de la formación de la cultura política en Argentina a lo largo del siglo pasado[9]. Tal como lo afirma Hugo Quiroga en el libro citado, desde el primer tercio del siglo XX en adelante, el sistema político argentino alternó los gobiernos militares a los gobiernos civiles como contención de las crisis políticas, casi que naturalizando la presencia “ordenancista” de las fuerzas armadas en pos de la consolidación de un orden autoritario. Este es un dato nada desdeñable a la hora de examinar porqué a pesar de las caducidades, en términos políticos, del discurso de Etchecolatz entre otros, persiste una adhesión mayoritaria entre la sociedad civil que, me atrevería a afirmar, ha dejado sus estelas expresivas en la forma como la opinión pública ventila la necesidad de que vuelvan los militares para paliar el difícil clima de inseguridad que vive el país a instancias del siglo XXI[10].
En este orden de ideas no es un desatino considerar el modo de argumentación de Etchecolatz como un complejo discursivo gregario del pensamiento de derecha que se asocia, de manera latente quizá, a una cultura política cuyo rasgo esencial poco antes del fin de la última dictadura radicó en que estuvo determinada por las fluctuaciones en la relación entre militares y partidos políticos[11]. Solamente cuando la sociedad civil argentina cubrió con su movilización la democracia ante la amenaza militar acaecida en las jornadas de semana santa de 1987, pareciera percibirse más un rasgo no de ruptura sino, tal como lo afirma Emilio Crenzel en su última obra, de cierta transición en ciernes de un “régimen de memoria”[12], toda vez que el período del retorno de la democracia con Alfonsín marca un corrimiento evidente de la relación distorsiva que detecta Quiroga entre militares, partidos y sociedad civil, dada en cierta forma por el efecto que reprodujo el informe del Nunca Más en tanto emblema y lema del país, siguiendo de nuevo las formulaciones de Crenzel[13]; no obsta en consecuencia sostener que para entonces la inserción militar en el aparato del Estado quiebra su entidad inherente y empieza su lento declive como institución rectora de la política de la memoria en la sociedad de fines de los 80.
Sobre la base de este papel secundario de lo que aquí quiero referir complementariamente como “disputas por la memoria”, haciendo caso del concepto acuñado por E. Jelin en su texto[14], la pregunta que emerge sería: ¿Cómo interpretar en su contexto el libro de Etchecolatz, habida cuenta de su contenido como defensa de un tipo de memoria ideológicamente inherente a la derecha, que se encuentra, para la década de los 90 en trance de saltar a un segundo plano con respecto a la memoria “oficial” de la última dictadura, instalada con ayuda del impacto del informe Nunca Más? ¿Qué efectos tiene esta posición en vistas del predominio de un proyecto neoliberal en marcha a instancias del escenario político de la década de los 90? Para de allí formular la pregunta clave que interroga las torsiones discursivas que ha experimentado un tipo de derecha que podría ubicarse, según la tipología de Roger Eatwell, a medio camino entre una variante reaccionaria y una de corte radical, cuyo elemento central gravita en torno al nacionalismo[15].
Son éstas las preguntas que a la luz del presente trabajo requieren para su solución poner bajo reflexión el proceso de cambio que experimentaría la explicación del terrorismo de Estado entre la inmediata caída del régimen militar tras la derrota en la guerra de Malvinas, y la segunda fase interpretativa que tuvo lugar en los años 90, todas las cuales atravesaron un itinerario oscilatorio, especialmente en el campo académico, de cuyo relato salta a la vista una variación significativa en la reivindicación de las víctimas de acuerdo con el binomio inocentes/militantes[16]. Sin embargo cada una de estas interpretaciones mantuvo su adhesión a lo que el prólogo del informe del Nunca Más instituyó como la explicación causal del terrorismo de Estado, conocida como la teoría de los dos demonios. Dicha explicación se convierte para Etchecolatz en el ‘leitmotiv’ de sus argumentos, llevando a cabo una re-lectura de ésta, más allá del plano basculatorio que había registrado la CONADEP, puesto que ella misma constituye uno de los blancos centrales de las diatribas que el autor esgrime en su texto. ¿Por qué indagar desde allí el sustrato ideológico inserto en el discurso? Como muy bien lo conjetura E. Crenzel en su libro, el texto de Etchecolatz no, “expresa la posición institucional de las fuerzas armadas sino la de grupos específicos en su interior enfrentados a las denuncias de las violaciones de los derechos humanos pero también a la “Autocrítica” de Balza y las “confesiones” de Scilingo”[17].
Cabe inferir por tanto que el acervo retórico del texto de Etchecolatz no se puede leer sin echar un vistazo al contexto de su propia producción. En el crisol acontecitivo de finales de los 90 puede verse con claridad que en el contexto en que se desenvuelven los miembros de la derecha tradicional argentina, hay un vaso comunicante con las acciones de gobierno inmersas en el escándalo público, bien fuera éste de corrupción como el caso del suicidio súbito de Alfredo Yabrán a raíz del asesinato del periodista José Luis Cabezas, o el caso del General Balza, involucrado en el tráfico de armas a Ecuador y Croacia[18]. Como quiera que el segundo período menemista experimentaba un agotamiento evidente, dadas las cifras negativas en términos económicos y sobre todo las tasas deficitarias de empleo que el gobierno intentó paliar a través de planes de subsidio como formas de distribución compensatoria de beneficios materiales a los perdedores del cambio económico que trajo consigo el paquete de reformas estructurales iniciado a comienzo de la década, simultáneamente el paisaje de la protesta social eclosionará de manera abrupta en diferentes renglones de la economía de bienes y servicios, sujetos a políticas de privatización que arrojarán al escenario público un clímax de desocupación cercano al 18%[19].
Este en términos panorámicos es el escenario social en el que Etchecolatz escribió su “Otra campana del Nunca Más”.
Contornos discursivos del texto
Al comienzo del anterior apartado cité un pasaje del texto que plasma la anatomía retórica de un discurso efectivamente nostálgico de la idea de la Nación como cuerpo orgánico que gracias a la acción militar recuperó su salud en momentos de aguda infección por cuenta de la intromisión de “insectos foráneos”. Etchecolatz reitera a través de la metáfora el sentido conspirativo de aquella “intromisión”; la Doctrina de Seguridad Nacional impartida desde Norteamérica y los métodos contrainsurgentes aplicados en Argelia e Indochina, son la fuente común que subyace al orden de enunciación de los primeros capítulos del texto. El hecho de intitular como guerra subversiva el proceso en sí, da una idea clara de la secuencia que recorre el libro. Salta a la vista una curiosa constatación de las fuentes en que Etchecolatz abreva para explicar esta postura: Cita los trabajos sobre conformación de guerrillas urbanas de Robert Moss, periodista británico que logró cierto renombre por sus análisis políticos en torno a la naturaleza de la subversión y las tácticas utilizadas por ésta para aprovechar las fracturas que presentan los regímenes occidentales, todo ello con base en la aplicación a cada caso de los núcleos de análisis centrales de la teoría conspirativa[20]. Los detalles específicos de este argumento tendrán para Etchecolatz una importancia capital en cuanto a que se ocupará de mostrar con aguda meticulosidad las razones para hablar de guerra subversiva, valiéndose de argumentos las mas de las veces, de orden jurídico. Por cuestiones de extensión no me concentraré en ellos aun cuando quisiera aludir a un argumento de orden estratégico que el autor retoma del libro de Moss, en el que demuestra cómo “La fuerza debe ser repelida con la fuerza”[21]:
“Dice Robert Moss que ante la amenaza del terrorismo y la subversión, le toca a los gobiernos de obligación fundamental de echar mano a la fuerza necesaria para enfrentarla. Se ha analizado frecuentemente el riesgo que se corre de recurrir a una respuesta excesiva. No menos grande es el peligro de que esta respuesta sea insuficiente, hecho que se ha señalado con menor frecuencia”[22].
Con todo, a partir de la teoría de la conspiración que sirvió a los militares como panacea de refuerzo de su ideología, vía los dictámenes tácticos en el nivel político-militar que concernían al mapa de guerra fría predominante en el escenario geopolítico, pretendo a continuación desglosar el discurso escogido, con el objeto de mirar de qué manera es presentado este “campo” en el que Etchecolatz mueve sus justificaciones a fin de revelar, so pretexto pedagógico “a la juventud, lo que significó la guerra terrorista en Argentina, para que nadie se equivoque sin ocultamientos ni mutilaciones”[23].
En este sentido cabe preguntarse por el ámbito de recepción y enunciación de la ideología de la derecha militar argentina en una coyuntura crecientemente desfavorable a los implicados en el ‘horror’ de la década de los 70. Habría que comenzar diciendo que los elementos particulares sobre los cuales se yergue el arsenal que aprovecha Etchecolatz para esgrimir los motivos de las fuerzas armadas en la preservación del orden estatal, constan de la alusión complementaria de un orden cristiano que será la matriz central del proyecto procesista. Esta matriz sin duda convoca la reflexión sobre la ideología de una derecha tradicional que tiene por centro orientador al reservorio religioso como contrapeso de ese orden que se pretende mantener. Por otro lado subyace al discurso de Etchecolatz una defensa de las tradiciones que le confieren identidad nacional a la patria. En función de esa defensa, iniciará cada capítulo con epígrafes de la obra de José Hernández, Martín Fierro; Se podría aventurar la siguiente cadena de equivalencias en el uso de las citas del texto clásico de la literatura nacional del lado de la defensa de las tradiciones, sumado al peso de los principios religiosos sobre los cuales se organiza la concepción del Orden defendida por el autor a lo largo de todo el texto:
En la página 122 expone la siguiente idea:
“En una sociedad donde el desorden tiene vigencia, donde se desestabiliza el accionar de las instituciones destinadas a moderar la convivencia de los ciudadanos, al amparo de nuestra carta magna, resulta imposible si no se logra su recomposición, poder implantar la justicia”[24].
Por lo expresado en los capítulos que anticipan esta cita y se confirman en ella, la co-dependencia entre el orden y la justicia o si se quiere le relación condicional entre las dos deja ver a través de la opinión de Etchecolatz la firme convicción de los militares procesados por la justicia, de una contradicción que contamina esa instancia cuyo valor se encuentra minado desde la transición democrática en el país; el solo hecho de mostrar al interior del texto en las imágenes ligadas a los capítulos donde toca el tema de la subversión al presidente Alfonsín y las figuras señeras del gobierno que sucede a la dictadura, confirman a plenitud lo que el autor concibe como un deber ser de la sociedad equipolente con los principios constitucionales. Etchecolatz defiende este par condicional (La justicia garantiza el orden) en su condición de “policía cristiano”[25]. Allí el cuadro que presenta al lector informa sobre un elemento ideológico que se funda en la premisa del caos político como acontecer cotidiano en una nación enceguecida que juzga mediante sus aparatos jurídicos a los verdaderos guardianes del orden; Por la vía de una comprensión de la justicia que se aproxima a la metáfora de la purga -de los elementos que propician el desorden-, el autor sostiene que la frontera entre lo ético y lo político puede disolverse en circunstancias excepcionales de amenaza directa a la consecución de ese “Orden”:
“En determinadas circunstancias para el logro de propósitos inspirados en una noble empresa, se justifica transitar por caminos no aceptados éticamente. El fin justifica el medio empleado aunque debe evitarse. Pero es aún más preocupante y negativo aquellos (sic) lineamientos políticos con trazos inmorales para resultados nada éticos. De acuerdo a la consistencia moral que posea un país, éste podrá fijar una política compatible o no con lo ético”[26].
A las claras se ve cómo el autor liga en un mismo continuo la idea del sacrificio de lo ético en función de la preservación moral. La política en tanto terreno de decisiones administrativas que cimenten un orden ético por lo general desemboca en decisiones inmorales a despecho de la primacía de dichos principios que deberían en lo particular, defenderse aun cuando los métodos no sean éticos según las premisas emanadas de los derechos humanos. Lo que cuenta es la preservación del orden cristiano cuyo rasgo esencial radica en la salud moral de la nación que para Etchecolatz, quien asegura notar en la universidad la causa de los principales ataques a esta premisa, se ha visto socavada por la penetración de las ideas comunistas entre la juventud argentina. Por aquella vía puede seguirse que la amenaza al cuerpo cristiano que condensa la familia argentina con arreglo a sus tradiciones también está a merced de semejantes amenazas y a raíz de ello es preciso al menos justificar la muerte de los sujetos que se oponen a la preservación de este orden. En función de justificar esta operación de muerte, el autor organiza en varios pasajes de su texto un argumento que une la defensa de las tradiciones por medio de la gallardía en el acto de matar, bajo el arquetipo ético del combate condensado en el Martín Fierro:
“No se trata de asesinar. Es tan sublime la tarea de defender nuestra tierra, su política y espíritu de nación libre, que el matar (No asesinar) en determinadas circunstancias es un deber, pero al estilo argentino: con sentimiento, firmeza, respeto y naturalmente de frente, como lo hicieron nuestros padres cara a cara”[27].
Por fuera de la impresión casi psicopática de un argumento de tal envergadura, huelga necesario poner como análisis de enlace, tanto a las fuentes religiosas que insuflan su ideario como a los recursos literarios que soportan esta especie de ética del honor “gauchesco” estratégicamente utilizada para evidenciar la actitud apátrida del gobierno democrático por contra los valores populares ejemplificados, tras los epígrafes de cada capítulo, en la pérdida del honor “a la argentina”. Está en la misma sintonía interpretativa a que alude Crenzel cuando formula una re significación del gaucho excluido de una sociedad civilizada carente de todo respeto por los pilares morales sobre los que debería erguirse la sociedad tradicional[28]. Y como contrapunto la correspondencia entre valores religiosos –en tanto y en cuanto fundamentos morales- y un orden garante de bienestar social:
“Actualmente nuestra patria vive momentos de suma preocupación. Quienes tienen autoridad para opinar, dicen que es un fenómeno económico y otros, político. Considero que el problema mayor es la pérdida de la fe. No significa nada decir tengo fe, o ir a la iglesia o besar la cruz., si ello no resulta una necesidad permanente. Una necesidad de contactarse con Dios mediante buenas acciones, de sentirse escuchado, de saber aceptar aquello que a nosotros no nos gusta”[29].
Basta mirar el trasfondo de estas piezas constitutivas de su discurso para, más o menos, fijar los contornos formales de la ideología de derecha que comporta en su corpus general. Los elementos presentes aquí admiten una lectura “significativa”, en términos deconstructivos, de la idea de Orden al interior del corpus ideológico que sustenta el autor: cabe afirmar a riesgo de imprecisión conceptual, que el elemento particular “Orden” que asume simbólicamente el significante universal sobre el cual se estructura lo político en el discurso de Etchecolatz se piensa localizado en la posición subordinada en tanto política de la memoria, por lo que la disputa por su cristalización está marcada por un cierre imposible que acentúa nostálgicamente la fuga, la dislocación de ese deber ser sintetizado en un retorno a los valores cristianos estructurantes de la sociedad tradicional convertida en el núcleo ideológico de la derecha que representa Etchecolatz en este caso particular[30].
De cualquier forma esta re-acomodación del acervo ideológico de la derecha militar en Argentina logra expresarse desde una posición de subordinación en el orden simbólico aun cuando no necesariamente en el orden político instrumental. Una de las tareas que ofrezco a través de este análisis sucinto radica en escrutar estos niveles de la presencia de un pensamiento de derecha subordinado a los ordenamientos del recuerdo colectivo de un episodio traumático como el de la última dictadura en Argentina, a partir de las torsiones que va sufriendo el mismo en la modelación experimentada por intermedio del uso propiamente discursivo que se hace de él, e incluso en el uso operativo que emana de la política y penetra en el ámbito político de su recepción.
La defensa de Etchecolatz dice mucho de este proceso. Aquí intenté plantear las vetas de entrada a un estudio más cuidadoso que nos pueda dispensar elementos concretos de los mecanismos puestos en acción en el nivel del discurso, de una ideología de derecha que a pesar de valerse de recursos retóricos que parecieran anacrónicos, muestran la delgada capa que la historia ha puesto sobre ellos.
Diego Fernando Ortiz Vallejo
[1] El declive de la teoría de los dos demonios o si se quiere, su inoperancia temporal, se da en el período de fines de los 90, dado el copamiento en el escenario político internacional de la petición de extradición al general Augusto Pinochet emitido por Baltasar Garzón. La propagación inmediata de este acontecimiento se convierte en la piedra angular y punto de emanación de una serie de demandas entre las cuales, bajo la iniciativa de los organismos de derechos humanos en Argentina, ponen en el protagonismo de la cosa política este problema e instalan en el foro público un reclamo a través del cual la tensión subyacente en la teoría de los dos demonios pierde fuerza, solamente con ocasión de la coyuntura.
[2] Página 12 miércoles 20 de septiembre de 2006.
[3] Los pormenores de las declaraciones de Adolfo Scilingo, se encuentran consignadas en el libro de Horacio Verbitsky. El Vuelo. (Buenos Aires, Planeta, 1995) 205.
[4] Los datos de la relación de Etchecolatz y el movimiento golpista de los Carapintadas reunidos alrededor de la figura de Aldo Rico, fueron consultados en la página del Nunca Más: http://www.nuncamas.org
[5] Miguel O. Etchecolatz. La otra campana del Nunca Más. Por la reconciliación de los argentinos. Sin datos editoriales. 1997, 207. P. 21.
[6] M. Etchecolatz, La otra campana… p. 125. El énfasis es mío. Además transcribo el error ortográfico habida cuenta de que éste mismo se repite en varios lugares del texto, por lo cual no parece tratarse de un error tipográfico.
[7] M. Etchecolatz, La otra campana… p. 89.
[8] Dejando a un lado la referencia obligada de G. O’Donnell a propósito del concepto de “autoritarismo Burocrático”, a fin de definir aproximativamente el papel político de la derecha en Argentina con ocasión del período de las dictaduras, cabe aludir al texto que opera con especificidad en torno al pensamiento autoritario desde una perspectiva histórica: David Rock. La Argentina Autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública. (Buenos Aires, Ariel, 1993), 282. Para redondear un análisis más detallado del papel de la derecha nacionalista argentina en sus configuraciones políticas y su ideología de acción interesantes análisis se encuentran en el texto de Sandra McGee Deutsch. Las derechas. La extrema derecha en Argentina, Brasil y Chile, 1890-1939. ( Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2005) 527. Véase en especial Pp. 395-424.
[9] Una muy juiciosa exposición de estas tesis sobre el lugar que ocupa la institución militar en la arquitectura política del Estado Argentino se encuentra en Hugo Quiroga. El tiempo del proceso. (Rosario, Homo Sapiens UNL, 2006) 270.
[10] Este tema considero, brinda una veta interesante de reflexión que espera una investigación profunda en el campo de la recepción ideológica de la derecha en el nivel popular, particularmente en el contexto de la circulación inercial de ideas que provienen del pasado que derivó de los acontecimientos de los años 70.
[11] Hugo Quiroga, El tiempo de proceso, p. 76.
[12] Emilio Crenzel. La historia política del Nunca Más. (Buenos Aires, Siglo XXI, 2008) 270.
[13] E. Crenzel. La historia política…P. 191.
[14] Elizabeth Jelin. Los trabajos de la memoria. (Buenos aires, Siglo XXI, 2001) 180.
[15] Roger Eatwell and Nöel O ‘Sullivan. The Nature of the right. American and European politics and political thought since 1789. (Boston, Twayne Publisher, 1990). 203. La tipificación de las derechas ocupa todo el capítulo 5 Pp. 62-76.
[16] El balance de estas oscilaciones está trabajado en E. Crenzel. “El Nunca Más en fascículos. El infierno resignificado”. Estudios disciplinarios de América Latina. Vol 17 No 2. 2006. 15-99. Para delimitar el decurso historiográfico de las etapas a que aludo véase las notas 7, 8 y 9 del libro ya citado de E. Crenzel, La historia política del Nunca Más, Pp. 195-196.
[17] Emilio Crenzel. La historia política… P. 168.
[18] La Nación. Marzo-junio de 1997. Se hizo una consulta general del diario en los días que abarcan estos 4 meses, por lo cual encuentro innecesario referenciar los días en que el escándalo del tráfico de armas se destacó entre los titulares noticiosos más frecuentes en el momento, al igual que el muy sonado asesinato del periodista Cabezas.
[19] Un análisis interesante a nivel teórico, sobre la teoría de la distribución compensatoria como política de gobiernos neoliberales en América Latina es el de Germán Lodola. “Protesta popular y redes clientelares en Argentina: El reparto federal del Plan Trabajar (1996-2001)”. Desarrollo Económico 44, no. 176 (Marzo 2005): 515-536.
[20] Etchecolatz, La otra campana…P.20. Para un análisis que incorpora la obra de R. Moss al espectro bibliográfico sobre las guerrillas en América Latina, véase. Charles A. Russell, James A. Miller, Robert E. Hildner. “The Urban Guerrilla in Latin America: A Select Bibliography”. Latin American Research Review. Vol 9 No 1 (spring 1974): 37-79.
[21] Etchecolatz, La otra campana… P. 24.
[22] Etchecolatz, La otra campana…P. 22.
[23] Etchecolatz, La otra campana…la cita, corresponde a la leyenda de la contraportada.
[24] Etchecolatz, La otra campana…P.122
[25] Etchecolatz, La otra campana… P. 122.
[26] Etchecolatz, La otra campana…P. 147.
[27] Etchecolatz, La otra campana…P.124. Las negrillas son del autor. La cursiva es mía.
[28] Cf. Emilio Crenzel. La Historia política…P. 168
[29] Etchecolatz, La otra campana…P. 143.
[30] El análisis ensayado en este pasaje toma en cuenta los desarrollos conceptuales relacionados con la teoría política postestructuralista-deconstructiva, de cuyos representantes más destacados se cuentan, E. Laclau, Slavoj Zizek, Jacques Ranciére, entre otros. Véase particularmente, S. Zizek. El sublime objeto de la ideología. (Buenos Aires, Siglo XXI, 2003) 293.





